Si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. (Gabriel García Marquez)
No hay odio, porque el odio corrompe el alma, y a lo largo de los 26 noviembres que adornan mis costillas he odiado muy poco, muy intensamente, pero por un breve espacio de tiempo. Creo que el odio es la suma del dolor y la rabia estancándose como el agua, prefiero el océano, el vaivén de las olas, el odio es inservible.
No soy rencorosa, pero olvidar el daño que me han hecho me cuesta medio mundo, aunque acabo apreciando las cosas buenas que me trajo ese alguien, y me quedo con los momentos teñidos de azul celeste, que el negro, lo justo y necesario.
Convivir con el odio es horrible. Es pisar fuego, sentir que se te abrasa todo, sentir los estallidos, arrancarte las ganas, deambular por suelos movedizos, el corazón se te queda pequeño ante tanta intensidad… porque no hay nada más intenso que el odio y el amor… en sus extremos, aunque alguien como yo, eterna buscadora del equilibrio, contradictoria en todos los sentidos, sin decantarse nunca por el blanco o el negro – siempre preferí el azul- odiar me agota. Me desestabiliza. No puedo con el peso del odio, que pesa un kilo, o dos, o quizás cien, en un músculo que acoge plumas, alas, libertad, pero no tanto peso de tormento.
Por eso el odio acaba cansándose de mi, de mi lucha por derrotarlo, de sus fieros dientes, mordiéndome entera, hiriéndome con uñas largas, arañazos invisibles en la invisibilidad de un corazón más, un corazón cualquiera, un corazón tan mío, tan remendado ya, tan siempre por estrenar.
Y no soporto odiar, porque odiar me hace el ser más vil de este mundo y yo no puedo con ese sentimiento, he sido mala, herida, siempre herida, he envenado con la sutileza enmascarada de la ironía y la sonrisa torcida, con el grito incontrolable de rabiar de dolor. He odiado sin finura, con el sueño podrido y estrellado en añicos en el suelo. Con el fango hasta la nariz, cosiendo a puntadas finas un hilo de tiempo, que en su fría distancia, aplaca el infierno del alma, y hiela de pies a cabeza.
He odiado, y en ese huracán me he sentido terriblemente infeliz, terriblemente estupida por permitir que ese peso me dejase en pie. Con la cabeza alta, envuelta en el silencio de mi odio, amedrentada por sus dientes, por sus dagas, pero siempre dispuesta, espada en mano, a librar batallas humanas, odiar, tan humano, tan vil, tan doloroso…
He odiado poco, a dos o quizá tres personas, con ese odio ingenuo, casi infantil, que no sabes ni bien que es, ni que quiere de ti, pero te estalla en las venas, en los parpados, en las pupilas que encienden las llamas con las que te quemas… tan humana…
Pero cuando estás sumergida en esa agua estancada, en ese fuego matándote, no crees que puedas saltar, salir del fango, del trémulo palpitar de las venas enfurecidas, crees que tendrás que aprender a convivir con el odio, con su peso indecible, con su inmundo olor…. Pero llega ese clic del interior y me grita - ya puedes nadar, en océanos, siempre océanos – y apago el fuego, lavo el alma en ríos límpidos, donde el odio se escurre, se muere –y no me mata – acojo mis alas plegadas, alzo el vuelo… humana, siempre tan humana.
(y ahora sé que tenías razón, aunque siempre lo supe un poco, cuando una tarde te hablaba –y tú me escuchabas- de que no podría con ese odio, que no soportaba cargar con él, y tú me decías que pasaría, pero era tan fuerte…pero ya soy libre, ya ha pasado, tengo alas… otras alas, por estrenar)