Ella me llama llorando, desconsolada. Sollozando como si fuese la primera vez. Llora y llora mientras le pregunto ¿Qué ha pasado? Por favor, deja de llorar niña que no lo soporto. Ella llora más. Llora igual que cuando te quieres aguantar los gritos, llora igual que cuando quisieras pegar a cualquier cosa. Lloras de impotencia. Y de rabia. Y de dolor. Todo mezclado en lágrimas oscuras y demasiado saladas.
Otra vez. Otra vez el cabrón de su novio (y no pido perdón por la lindeza que acabo de soltar, porque se merece eso y muchísimo más) Mas calmada ya, me va relatando el nuevo acontecimiento, es una sucesión de hechos constantes, sin ninguna variable salvo el tiempo transcurrido que nunca es muy preciso.
Llora levemente y me dice “lo he llamado tan normal, estábamos bien, y se ha puesto a gritarme como un energúmeno” aquí me ahorro las cosas bonitas que dijo a mi amiga, me las ahorro porque me dan hasta vergüenza. Rabia. Escozor. Ganas de romperle su maldita dentadura.
Mil millones de veces, en estos ocho años le he dicho que lo deje, que puede hacerlo, que buscaremos a algún psicólogo que la ayude porque se merece mucho más, que ahora mismo tiene la autoestima por el subsuelo pero que es una persona inteligente, graciosa, amable, simpática, agradable… atractiva y una larga serie más de cualidades que yo al menos si que veo en ella.
Pero nunca lo deja. Nunca. Siempre le perdona. No la maltrata porque nunca le ha pegado un bofetón, como si gritarle improperios no fuese otra clase de maltrato, como si realmente eso no se marcase en el alma, porque no se ven las cicatrices. Porque no es el cuerpo y para darte cuenta de que alguien te maltrata te tiene que poner la cara como un poema. Que se jodan todos!!
Ya no sé que más hacer. Ni que más decir, porque cualquier cosa que yo digo no cala lo suficiente en ella. Porque el muy cabrón después viene tan normal y diciendo que la quiere (porque ni siquiera se arrepiente claro) y se acabó. Fin de la historia. Borrón y cuenta nueva.
Claro, es que siempre nos quedan tiritas (pa’ este corazón partio) tiritas que cubren abismos enteros. Tiritas que curan. Milagrosas. Tiritas y tiritas para los moratones del alma. Más tiritas. No importa tanto, porque solo son mil mentiras y alguna más, decenas de promesas incumplidas, decenas de insultos y de gritos. Perdida completa del respeto que es la base del amor. El “Te quiero” ensuciado con sus labios manchados de la misma negrura que tan bien acuna.
Y cuando ella me pregunta ¿Qué hago con un tio 15 años mayor que yo con un hijo que podría ser mi hermano? ¿Qué hago si solo me miente y me dice que haremos una vida juntos y no es verdad?
Y yo gasto nuevas palabras. Con la misma rabia. Con la misma pena. Pero solo son palabras que el viento arrastra. Como la tempestad que azota su relación. Que pasará al cabo de dos días.
Y cuando pasen esos dos días, cuando le pregunte ¿Qué tal? Y me diga, “Mejor” se me viene el alma a los pies.
Otra tirita. Otra tirita mal puesta. Otra tirita que no será milagrosa. Que no la curará, porque ella no entiende que se está destrozando la vida. No entiende que lleva ocho años perdida en ese abismo de mierda que es su relación
Y las demás, asistimos compungidas a la triste escena que cada cierto tiempo se repite, sin saber que hacer para salvar a quien no quiere salvarse porque tiene tiritas.