Archive for the ‘Irrealidad’ Category

Relato (IV?)

Miércoles, Marzo 12th, 2008

Las puertas Entreabiertas

- Seguiré con mi vida. Esta puerta se cierra y tú te quedas fuera.

Una mentira inconsciente. Porque hay mentiras que uno mismo se cree. Y ella lo creía. Tenía los ojos empapados y el alma a cachos. Pero lo creía. Creía que había cerrado la puerta, que había cortado los hilos invisibles que la unían a él.

Las cosas empezaron como un juego. Como la mayoría de cosas en la vida que realmente son importantes. Se enredó en sus ojos, en sus labios, en su cuerpo y pensó que siempre podría marcharse, que la puerta estaba abierta para que saliese. Que nunca dolería.

Pero aquella puerta abierta se fue cerrando poco a poco y ambos quedaron atrapados dentro. Empezó a sentir que necesitaba verlo, que lo deseaba intensamente, que quería notar aquel calor que desprendía, que necesitaba sentir el sabor de su boca.

Y de una intensa y poderosa atracción que no podía evitar, que tampoco quería evitar, porque cuanto más trataba de alejarse más fuerte se hacía lo que sentía, cayó rendida ante la evidencia de que la magia le había explotado en el estómago y salpicado toda entera de ilusión, el comienzo, las bases de un castillo que fuese de piedra y no de arena.

Y de aquella atracción fue naciendo algo más profundo, más sólido, más tranquilo. Un lugar cálido y acogedor donde se guarecían del frío, de la nieve, de las tormentas…Ella se fue acomodando en su pecho un poco cada día. Y en él brotó por primera vez la esperanza de tener una vida mejor.

Eran uno para el otro y ella lo sabía. Lo sabía por lo confortable que eran aquellos ojos, todo era perfecto dentro de la imperfección. La felicidad era un baile, y ella la Reina.

Hasta el día en el que se derrumbó el castillo y se quedó en ruinas. Cual Cenicienta quedó en harapos. Ya no era la Reina, ahora bailaba en su propio infierno interior. Las lágrimas vertidas, las noches de retorcerse de dolor. Perder la esperanza, verla morir, mirarse en el espejo y sentirse otra.

Darlo todo no basta. Se decía. Porque de ser así aquel castillo nunca se hubiese derrumbado. Algo falló. Un clack. Dos. Tres. No los vio

Amarró su corazón como buenamente pudo. Se tragó el dolor, sonrió, y se dijo a si misma, que el mar era amplio, grande, fuerte… y que podría salir a navegar. En aquel barco, teñido de una poca ilusión.

Y se lo dijo aquel día, cerveza en mano, que había cerrado la puerta con él fuera.

Salió a navegar. Sintió la brisa en la cara, el aire en los pulmones, se diluyó el dolor en aquellas lágrimas, y miró lo infinito del mar. Se prometió a si misma ser feliz. Se prometió que no volvería a tierra, y que empezaría a volar. A soñar. Se miró al espejo y entonces se reconoció.

Pero hay hilos que no sabes cortar. Hay tijeras que se esconden. Que no existen, que no puedes ver aunque estén delante de ti. La marea la devolvía una y otra vez a la misma orilla, tan atrapada como antes entre aquella maraña de hilos invisibles que la ataban a él inexplicablemente.

No supo, no pudo. Y se quedó a medias entre el mar y la arena.

Pero ella, en el fondo de su corazón deseaba sentir aquella atracción brutal, aquella magia que explota y te inunda de cabeza a pies. Se preguntó si sería capaz de volver a sentirla, si realmente un día podría zarpar y si él la dejaría marchar.

Con miles de preguntas y sin ninguna respuesta, empezó a caminar. Sin fin, sin destino, y todo por reescribir. Creyéndose que quizá ahora si que pueda cortar hilos, cerrar puertas y no volver a dejarlas entreabiertas.

¿Volvería a la misma orilla?

813 palabras (relato II)

Viernes, Octubre 26th, 2007

Se da la vuelta y coge su ropa. Carmen siente un aguijonazo en el pecho. Un dolor que la rasga en el vientre, en el alma, en el pozo donde acaban los sueños que no se cumplirán.

Se enciende un cigarro. Mira el reloj, y suelta un débil “llegarás tarde a casa” pero él no contesta, se va vistiendo mientras Carmen aspira el humo y lo mira. Carlos es un tío alto, atractivo que se diría, no muy guapo, pero tiene un encanto y unos ojos pequeños que encierran secretos. Se tiene que marchar.

Carlos le da un beso suave en la comisura de los labios, y Carmen piensa que ese beso un pedazo de cielo en un infierno, su infierno.

Prometen verse la semana que viene, misma hora, mismo lugar.

Carmen llega a su casa y se quita los zapatos de tacón blancos. Se tira en la cama sin cambiarse y empieza a llorar hasta que se le acaban las lágrimas mientras el silencio la va matando lentamente. Otra noche de insomnio. Otro cigarro, sintiendo que la esperanza es como ese humo que se condensa en la luz de la habitación para luego marcharse.

El dolor duele. Y a veces mata, es como un veneno, que se te va filtrando lentamente por cada poro de tu piel, que se va acomodando entre los huesos, hasta que te mata sin que te des cuenta de ello. Carmen se vuelve a deshacer en llanto.

Carmen es de esas chicas que se molestaron en amueblar su cabeza. Nunca cometió locuras, fue una adolescente estudiosa, mientras sus compañeros se iban a fumar porros y emborracharse ella prefería estudiar. Carmen no es una neurótica. Es un equilibrio constante. Ordenada y pulcra. Con una casa bonita, pequeña y acogedora en las afueras, con un montón de libros que la rodean y la acompañan en sus horas de insomnio. Carmen siempre ha sido ejemplar, de esas personas a la que le das tu alma si te la pide porque sabes que te la guardará para siempre.

Pero el dolor rompe las paredes más duras, y como fuego, derrite el hielo más protector y confortable. El dolor se le va enquistando y siente que en algún momento le explotará en la cara.

Conoció a Carlos un día de febrero. Hacía frío. Era un compañero de trabajo de su amiga, a media tarde, en cualquier bar. De eso hace Tres años y medio. Carlos tiene esa mirada particular y única, que la desespera. Carlos no es ningún seductor, ni es abierto, ni sociable, es parco en palabras, como si siempre estuviese en su mundo y sólo viniese a buscarla por un momento para después marcharse lejos.

Carlos le cayó mal. No es simpático. Pensó. No sé que pasó aquella tarde, pero cada semana volvía al mismo lugar, de pura casualidad… o eso creía al principio… Después supo que fue a buscarla, cada tarde, semana tras semana.

Ella hablaba y él escuchaba. Nunca hablaron de situaciones personales, lo justo y necesario, no sabían el apellido de cada cual, ni falta que hacía, compartían otro tipo de cosas, cosas que quizá a los demás no les importe, hablaban de historia clásica. Reían al cambiar la historia, que hubiese sido si… y así pasaban las dos o tres horas….

Carmen sólo soñaba con aquel martes. Semana a semana fue cambiando sin pretenderlo su sentido común por unos sueños que se resbalaban dentro, Sueños en la que él le besaba, le mordía el cuello y le hacía el amor. Sueños en los que sus pequeños ojos oscuros la miraban con deseo.

Carmen no sabe por qué nunca le dijo de ir a otro lugar. Quizá se rompiera la magia. Nunca quedaron a cenar, nunca fueron a otro sitio, a otra hora. Carmen se mantuvo en silencio, sin pretender romper el pacto, donde ninguno hablaba de quien era en realidad. Como si fuese un baile de disfraces, donde sólo jugaban a cambiar la historia de lugar.

Pero aquella noche no. esa tarde fue diferente. El le dijo que la quería. Maldito hombre parco en palabras. Lo dijo en medio del juego. Las silabas salieron de sus labios y ella le besó. Le beso despacio, después de anhelar aquellos labios tres años y medio. El no dijo nada. Sonrió. Ella tampoco contestó. Supuso que no haría falta.

Entonces él traga saliva.

Estoy casado dice despacio, lentamente, sin estar seguro.

Y Carmen no contesta. Sólo lo besa otra vez. No llora, no grita, no dice nada. Carmen es un equilibrio constante.

Vamonos de aquí

Y se van. Carlos la desviste. Carlos le hace el amor.

Prometen verse la semana que viene, misma hora, mismo lugar.

Carmen sabe que no irá. Salen de la habitación. Llega a su casa. Se quita los zapatos blancos de tacón. Y comienza a llorar porque el dolor, a veces hiere, y otras mata.

810 Palabras

Jueves, Abril 19th, 2007

Inauguro nueva categoría: Irrealidad - Porque pudo suceder tiempo atrás o puede ser mi imaginación, pero aunque escritos ahora no tienen nada que ver con lo que siento, o me está ocurriendo en el presente.

Hola,

¿Cómo estás?

Te sorprenderá que te escriba, si, a mi también me sorprende, pero es que ahora, me ha venido una fugaz imagen tuya y me han invadido las ganas de saber de ti y que sepas de mi. Ahora que no estás, los recuerdos se han doblegado a mi voluntad y ya no me duele tanto el haberte querido.

Han pasado muchos años. No llevo la cuenta exacta aunque estoy segura de que tú si porque tienes mejor memoria que yo con las fechas. ¿Un siglo quizás? No sé. ¿Cuándo fue la última vez que te tuve frente a mi? Hará tanto tiempo… supongo que habrás envejecido. Si, yo también. Ahora llevo el pelo diferente, creo que te gustaría.

¿Sabes? Siento que pasaron una veintena de dinosaurios por mi alma. Me han pisado tanto y tan fuerte que he tenido que estar un buen rato para poder levantarme. No sé explicarlo mejor. Era un dolor agudo tu ausencia. Si, ya no recuerdo como era echarte de menos, que sentía exactamente, pero si sé que te echaba mucho de menos. Que había días en los que no me podía mover de la cama porque era un dolor tan extenuante que me dejaba tirada sin poder remediarlo.

El último día que nos despedimos debimos abrazarnos más. Creo que si tuviese que vivirlo ahora otra vez te hubiese pedido un beso largo, para guardarme tu sabor mucho tiempo y que me ayudase a mantener la fe. Debimos abrazarnos intensamente, porque al final lo que siempre te llevas es el primer y último momento, los demás como que parece que se quedan rezagados en la memoria pero esos dos momentos creo que son mucho más intensos. Si. Debimos abrazarnos y yo debí llorar, para que mis lágrimas empaparan tus huesos, nos queríamos tanto que me era difícil aceptar que ya no volvería a verte.

No sé si aún te acuerdas de mí. Si en algún momento pasa mi sonrisa o mis ojos por tu mente, yo de ti si. No es que sea de continuo ni vaya pasando como una vieja película nuestra historia incesantemente para entender porque algo tan bonito tuvo que acabar. No. Dejé de hacerlo un día, cuando me habitué a estar sin ti y se rompió ese dolor fuerte y agudo oprimiéndome el pecho y me permitió respirar un poco. Sólo son fracciones de segundos. Tu sonrisa a medias. Tus ojos, un beso que me diste. Algo que me dijiste y me hizo reír. Esas cosas ¿sabes? No consigo recordar el sentimiento que tenía. Quiero decir que sé que era amor y todo lo demás, sé que te quise mucho pero ya no recuerdo como era quererte.

Sentí como el corazón se rompía por momentos. Siempre llegaba a tus más íntimos recovecos con pasmosa facilidad. Éramos felices, pero dejamos de serlo y aún me pregunto que pasó. Que tijeretazo dimos a la felicidad y porque no supimos cosernos las heridas y seguir los dos en pie… En el fondo siempre he creído que no debió acabar y suspiro nostálgicamente porque creí que nuestros sueños se harían realidad.

Sé que me gustaba quererte aunque a veces nos enfadábamos, en realidad eran más bien pocas veces, no éramos de discutir mucho aunque duraban un par de días. Me pregunto que harás ahora. No eras de rutinas, eso si, eras de mil cafés al día. De fumar mucho. De morderte las uñas incesantemente. Puros nervios. Esas cosas sí que las recuerdo.

Me pregunto si te habrás olvidado de mí, si solo soy un recuerdo lejano en tu corazón o si por el contrario te viene de vez en cuando un pequeño suspiro de aquellos días felices y tranquilos. Me pregunto si sentirás rencor por mi, o por el contrario seré de esos tesoros que se encuentran en la vida y aunque pasan de largo nunca los pierdes del todo porque queda un rastro en la memoria. A mi me pasa eso contigo. ¿Es curioso no?

No deberían acabar las cosas que nos hacen felices. Ni deberíamos dejar pasar aquellas personas a las que queremos. No, no debimos romper pero lo hicimos y no volvimos a tener la suerte de cruzarnos en nuestros caminos. ¿Fue un mal momento? Yo no le he creído así, porque todo, hasta los encuentros más casuales están predestinados, o eso dicen los japoneses, y yo me lo creo.

¿Por qué rompimos? No faltaba amor. Pero lo hicimos. No se agotó la pasión. No hubo un por qué concreto, unos sentimientos agotados ni nada de eso.

Son ya 761 palabras y todo para decirte que si, que me acuerdo de ti. No con dolor, ni con nostalgia, con dulzura. Si, creo que es la palabra que mejor te representa. La dulzura. Y así te recuerdo. Con una ternura pasmosa e intacta. Pura ternura.

Donde estés, cuídate.

Un beso.

Alba.